Ene 10, 2018

Camino de Santiago portugués en primera persona

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Hola Ferly, ¿qué tal? Han pasado años, ¿no? Te quiero contar lo que ha sucedido con mi vida desde aquel primero de enero de 2013… Uff cómo pasa el tiempo, cómo pasa. Escúchame, solo escúchame, por favor. Tengo cosas interesantes que contarte y, aunque seguro, seguro, ya las sabes, me place y me tranquiliza que sea yo quien te las cuente.

credencial Camino de Santiago

Esto, aunque parezca absurdo, fue una conversación, más bien un monólogo, que sostuve con mi amigo Ferly durante un lapso de casi dos horas, en medio de una oscuridad casi total, a las 5 a.m., en el trayecto entre O Porriño y Redondela, en la fría y lluviosa Galicia, España, durante mi Camino de Santiago de Compostela. Es absurdo, porque Ferly murió hace 15 años, frente a mis ojos, víctima de una “bala perdida” que encontró alojo en su cabeza, de 18 años para ese entonces. Absurdo, porque le temo a los muertos, incluso a él.

―”El camino de Santiago no son los kilómetros que recorras, son los que vivas. Éste te sorprenderá,  deja que lo haga, déjate sorprender…” ―Estas palabras me las dijo y repitió Rafa, mi amigo del alma, éste sí del mundo de los vivos. Un español de ojos azul profundo, barba abundante y una maravillosa ce, entre dientes al pronunciar la tercera y la última letra de nuestro alfabeto. Cuánta razón tenía.

Todo empezó un 24 de diciembre, después de soñarlo, planearlo, informarme y prepararme, cuando salí de casa con una mochila de 6.5 kilos cargada con el contenido que diferentes tutoriales en internet me habían informado, ni más, ni menos; tal vez un poco más. Dos cambios de ropa, zapatos para “trekking”, muchas bufandas, muchos gorros, chubasquero, artículos de aseo, provisiones para el frío, un mapa de “El Camino de Santiago de Compostela, tramo portugués” y otros tantos objetos más, eso sí, que no sobrepasaran la estricta norma de seguridad que afirma: máximo el “10% de tu peso”. El vuelo fue largo: Medellín, Bogotá, Barcelona, Madrid, 16 horas en las que le conté mi futura hazaña, a cuanto desafortunado interlocutor le correspondiera sentarse a mi lado.

Llegué a Madrid y mi amigo Rafa estaba allí, en el aeropuerto, además inmenso, esperándome. Después de un largo y fuerte abrazo, nos sentamos, comimos churro con chocolate espeso, para mí la más maravillosa combinación gastronómica española, y mientras disfrutábamos de aquella delicia, me daba recomendaciones de experiencias adquiridas por él durante las seis veces, una de ellas por mí, que ha recorrido los caminos de Santiago, que son más de 40. Rafa me llevó al tren y, allí, con otro interminable abrazo nos dijimos: hasta pronto. El recorrido, que duró ocho horas, fue desde Chamartín, en Madrid hasta Guillarei, en Galicia. Al llegar, tomé mi mapa y salí en búsqueda de la Catedral Santa María de Tui, lugar en donde inicia el Camino Portugués.

Después de una hora, llegué a la Catedral, una imponente edificación estilo gótico, a reclamar, o más bien comprar, la credencial (el pasaporte que me daría acceso a los albergues y a la preciada Compostela). Allí, quien supongo sacristán, un hombre de estatura media, blanco, de ojos azules enmarcados por unas pronunciadas ojeras, me dijo, sin ni siquiera darme la oportunidad de saludar:

―Peregrino!.

―Sí, sí, pero, ¿cómo lo sabe? ―pregunté.

Él señaló mi poco discreta mochila, con una bolsa para dormir enrollada en la parte superior y ahí todo cobró sentido.

―Sí, vengo por mi credencial ―exclamé.

―Son dos eurillos ―me dijo, mientras ponía fuertemente en mi credencial el que sería el primero de muchos sellos. Pagué y abrí la puerta, no sin antes escuchar aquellas dulces palabras que un peregrino novato como yo quería oír:

―Buen camino, peregrino ―exclamó, sin gritar, aquel hombre parco y frío.

―Gracias ―respondí, sin saber si era lo correcto, tal vez amén, o, no sé.

Al salir de aquella Catedral, con mi gran mochila y credencial-pasaporte, me sentía especial, único, hasta un poco vanidoso, iniciaba mi camino.

Apareció la primera flecha amarilla, mi primera flecha amarilla, allí, a una esquina de la catedral, tímida, descolorida, casi imperceptible. A esta flecha le siguieron otra y otra y otra más, llevándome por autovías, senderos, montañas, pueblos, riachuelos y toda suerte de sorpresas interminables. Las flechas podían aparecer en árboles, paredes, losas, mojones (bloques de cemento); siempre tenía que estar atento para no salirme de la ruta y perderme.

Los pasos se volvían metros y los metros kilómetros, y, aunque los paisajes, los monólogos y la meta hacían olvidar por momentos lo que faltaba para terminar, los mojones, cada cierto tiempo, se encargaban de recordármelo: 119 kilómetros, 115,  110… la soledad y, tal vez el miedo a mí mismo y ese otro miedo que confesé al iniciar este escrito, me llevaban no solo a conversar con seres del más allá, sino conmigo, mi más firme compañía. Ahí el camino era más llevadero.

Las noches eran aquellos momentos de descanso no solo del cuerpo sino de la soledad. Pequeños albergues dispuestos con lo básico: una cama, sábanas desechables, baños y a veces wifi, estaban dispuestos para la llegada de los agotados peregrinos.

―Buenas noches peregrino, necesito tu documento de identidad, credencial y seis eurillos ―afirmaba el conserje de uno de los albergues, el primero, el de O Porriño. Había una tendencia generalizada a poner en diminutivo aquella moneda que, para nosotros los colombianos resulta tan costosa para conseguir, los eurillos.

―La hora máxima de entrada es a las 9 p.m. so pena de quedarse afuera. Está prohibido beber alcohol, fumar y otras cosillas más en el albergue ―vuelve y juegan los diminutivos.

Todo este “check in” terminaba con un gran matasellos, muy parecido al de los oficiales de migración, con el que dejaba constancia en mi credencial-pasaporte, de mi paso por allí.

No solo los albergues ponían su sello en la credencial, cualquier lugar que visitaba durante el camino certificaba, con un sello, el paso mío por la ruta establecida, única manera como en la Catedral de Santiago de Compostela verificarían la auténtica peregrinación, a pie, del peregrino, para luego entregar el certificado mayor, la Compostela. Panadería Paso a Nivel, Chóles Churrasquería, Cafetería Luya, Bar Timonel y Café-Bar Rianxeira son solo algunos de los certificantes de mi peregrinar hacia Santiago.

Mi camino, de 119 kilómetros, tuvo varias sorpresas, de principio a fin, de aquellas que me hablaba mi querido amigo Rafa, sorpresas buenas, sorpresas no tan buenas, pero sorpresas, al fin y al cabo.

En O Porriño, primera etapa después de Tui, conocí a Antonio, un hombre corpulento, de unos 50 años, proveniente de Portugal y miembro del ejército de ese país. Él, con un buen y lento español me acompaño durante la etapa siguiente, la más dura, Redondela y Pontevedra. En total fueron 33 kilómetros a los cuales mi rodilla izquierda les cobró factura. Al llegar a Pontevedra, el albergue estaba cerrado, ¿el motivo? pocas personas hacen el camino, como yo, en invierno. Antonio decidió buscar cobijo en la iglesia del peregrino, y yo, cada vez más adolorido, “percnoté” en el primer hotel que encontré.

Al día siguiente el dolor fue peor, por lo que decidí darme de baja por ese día y brindarle la oportunidad de recuperarse a mi rodilla. Así fue, el descanso y las medicinas recomendadas por una boticaria que, de paso estampó su sello en mi credencial-pasaporte, me permitieron continuar mi camino, ahora sin Antonio. La meta siguiente, Caldas de Reis trajo a una pareja de novios, brasileros, vivos, felices y sonrientes. Con ellos caminé muy poco porque, la verdad, quería continuar por mi cuenta, con mis miedos y mis conversaciones.

En el albergue de Caldas de Reis conocí a cuatro jovencitos, inquietos, preguntones que estaban haciendo el camino en otra de sus modalidades: en bicicleta. Ellos, provenientes de Vigo, me preguntaron por James Rodríguez, por Pablo Escobar por el proceso de paz en Colombia, además de preguntarme, también, si era verdad que en Colombia odiábamos a los españoles. Yo, por mi parte, les cuestioné acerca del independentismo catalán, la pertinencia de la monarquía en pleno siglo XXI  y sus proyectos futuros. Sus respuestas, más que sorprendentes:

―España es una sola, pero si ellos (Cataluña) quieren separarse, que lo hagan, pero en paz ―dijo uno.

―El rey nos representa mundialmente, como un canciller, consigue relaciones y dinero. Eso está bien, solo que nuestros padres no deberían subsidiar el armario de la reina ―respondió otro.

―Quiero ser abogado, yo periodista, yo aún no se ―respondieron finalmente.

En el camino desde Caldas de Reis hasta Padrón conocí a Marcos y a su novia Zaida, viajeros, amigos del camino y altruistas de la Fundación Tus Castillos en el Aire dedicada a la educación, la infancia, la pedagogía y el desarrollo de la creatividad. Marcos me enseñó acerca del camino, la política y, la vida. Con él aprendí, por ejemplo, que en los años 80 solo caminaban a Santiago alrededor de 80 personas y que hoy son cerca de 300 mil; que la concha de vieira es el símbolo del peregrino y le identifica como tal, que el Camino de Santiago fue declarado patrimonio cultural de la humanidad en 1993, que peregrino es el que camina hacia la tumba de Jacobo (Santiago), romero el que va a Roma y palmero el que va a Jerusalén. Zaida, atenta, escuchaba sus historias y mis preguntas, opinando de vez en cuando, pero siempre pendiente de que todo estuviera bien.

En Padrón, asistimos a una parte de la misa de conmemoración del traslado del cuerpo de Santiago a Compostela, hecho en el que, cuenta la historia, siete discípulos del apóstol trasladaron su cuerpo desde el puerto de Iria Flavia (actual Padrón) hasta la ciudad de Compostela, huyendo de la Reina Lupa, pagana, quien les perseguía acusándolos de soberbia. Lupa, después de algunas manifestaciones milagrosas y “atónita ante tales episodios, se rindió a los varones y se convirtió al cristianismo, mandó derribar todos los lugares de culto celta y cedió su palacio particular para enterrar al Apóstol. Hoy se erige en su lugar la catedral de Santiago”. (www.vivecamino.com).

Después de una larga noche sin conciliar el sueño debido a una peregrina que hablaba dormida, otro que se saboreaba y otro más que estornudó sin parar, o tal vez no por su culpa sino debido a mi cansancio o a la ansiedad de llegar a tierras santiagueñas, emprendimos camino Marcos, Zaida y yo, hacia el último y anhelado tramo: Santiago de Compostela.

Los mojones, finalmente, mostraban números esperanzadores, 10 kilómetros, 7, 6, 5…la meta estaba cada vez más cerca y, con ella, el dolor de mi rodilla más intenso. La lluvia, el granizo y el viento no tuvieron compasión de nosotros en los últimos cinco kilómetros antes de nuestra llegada a Santiago, sin embargo, les enfrentamos y continuamos nuestro camino. Al vislumbrar la Catedral de Santiago de Compostela, según la leyenda, la morada de los restos del Apóstol Santiago, el dolor y el cansancio fueron opacados por la necesidad de correr hacia la entrada de aquel templo santo, abriéndome espacio entre la multitud de turistas que esperaban recibir, allí, el año nuevo. Se veía uno que otro peregrino por ahí, entre ellos una italiana que conocimos en un bar-café en Padrón. Ella decidió hacer su último tramo en bus, esquivando la lluvia, el granizo y el viento.

―No tiene mérito, no caminó todo el tiempo, tomó un bus ―le dije a Marcos en voz baja.

―Alejo, disfruta de tu camino, de tus 119 kilómetros de tus experiencias, de tus superaciones, de tus recuerdos. Ella llegó más rápido, seca, menos cansada, pero con menos camino. ¿quién lleva la delantera? ―me replicó Marcos.

Fui corriendo, tanto como me lo permitía mi rodilla izquierda, a buscar la bendición y la Compostela. Cuando entré a la Catedral estaba finalizando la eucaristía, y, aunque no fue tal y como lo soñé: un rito especial de bienvenida dedicado a quienes tanto habíamos caminado para llegar allí, la bendición con el botafumeiro (quizás el mayor incensario del mundo, encendido como un homenaje de la ciudad de Santiago al peregrino) o la lectura en público de los nombres y procedencias de los peregrinos; sentí mi llegada más que especial, al reconocerme un peregrino consagrado por el camino, que como me lo dijeron Rafa y Marcos, es más que los kilómetros recorridos. El asistente del párroco me entregó la Compostela, que, con un texto en latín, oficializaba mi peregrinar.

A Marcos y a Zaida no los vi más, a Antonio tampoco. A los novios brasileños los encontré, cuando estaba caminando cojo, por Santiago, orgulloso, con mi Compostela, feliz, mojado, cansado, con hambre, pero con el alma plena, satisfecha por el camino recorrido, que fue más que 119 kilómetros, fue encuentros, experiencias, miedos, recuerdos, lágrimas, superación, fue vida.

El autor de este texto tan especial es Alejo Cano y es Comunicador Social-Periodista, Candidato a Magíster en Gestión Cultural. Coordinador de Cultura de la Universidad de Antioquia, Medellín-Colombia. Si quieres saber más de su historia o seguirlo en Redes Sociales aquí te dejamos su contacto. Muchas gracias Alejo y Buen Camino!

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Alejo Cano

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